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Escrito por Administrator   
Jueves, 03 de Diciembre de 2009 15:45

El Septeto Nacional: victoria de la música cubana

 El Septeto Nacional
El Septeto Nacional 

Los historiadores aún no se han puesto de acuerdo para afirmar
la fecha exacta en que surgió el son.
Se dice que desde mediados del siglo XIX se escuchaba en las
montañas del oriente cubano unas cuartetas rítmicas tan deliciosas
que mantenían a la gente bailando toda la noche. También se dice
que un tresero llamado Nené Manfugás fue quien lo tocó por primera
vez en los carnavales de Santiago de Cuba a principios del siglo XX.
Lo que sí se sabe, sin embargo, es que en los años 20, Miguel
Matamoros, un mulato santiaguero que trabajaba de chofer de un habanero rico, compuso una canción, Son de la
loma
, que convirtió en universal al son, y que pocos años después Ignacio Piñeiro, un mulato habanero, que trabajaba
de albañil en la casa de un santiaguero rico, llevó al son a alturas insospechadas cuando su canción Echale salsita le
dio la vuelta al mundo. El resto, como suele decirse, es historia.

A más de 80 años de haberse fundado el Septeto Nacional Ignacio Piñeiro, la música del poeta del son y de la rumba,
como se conoce al compositor, sigue tan fresca, vital, y contagiosa como el primer día. De ello se encarga la cuarta
generación que integra el grupo --una de las instituciones musicales cubanas más famosas y arraigadas de todos los
tiempos-- que sigue tocando canciones de los más de 600 títulos que compuso el prolífico Piñeiro, al tiempo que
conserva los arreglos originales, y mantiene el estilo tradicional de la agrupación.

Bajo el lema Siete hombres, un solo corazón, el Septeto inició el pasado 7 de noviembre una gira internacional para
darle promoción a su último CD, Desafiando al destino. El tour empezó en Nueva York y tiene paradas en varias
ciudades de Puerto Rico, así como en San Francisco, Los Angeles, Chicago, y dos shows en Miami, en Hoy como
Ayer, el popular club de la Calle Ocho.

En su presentación en Miami, el grupo, formado por Frank Oropesa (el Matador), percusión y director general;
Enrique Collazo, voz tercera y tres; Dagoberto Sacerio, voz segunda y guitarra; Agustín Someillán, trompeta; Crispín
Hernández, voz prima y maracas, y Raul Acea, contrabajo, y, por último, Eugenio Rodríguez (el Raspa), voz prima,
claves, director musical, y uno de los rostros más alegres de la música cubana, interpretó con garra el entrañable
legado que Piñeiro dejó al mundo. Los que tuvimos la dicha de verlos y escucharlos, disfrutamos hasta la locura con
toda la desparpajante sensualidad que hay en Suavecito; con la sabrosura de Esas no son cubanas; con la energía
apabullante de Salomé, con la bellísima letra de El final no llegará, y, una vez más, con Echale salsita, tal vez la obra
maestra de todos los sones.

Fue una victoria rotunda de la música cubana, de la música en general; la apoteosis de lo que en sus inicios se
consideró como ``música marginal'', "de barracón'', ``de negros'', y no podía ser tocado ni escuchado en sociedad.
A mi lado, una señora octogenaria cantó de memoria todos los números que le escuchaba al grupo; en la mesa de
al lado una pareja --aun sentada-- no paró de bailar, y en otra una muchacha que parecía haber nacido en Londres,
pero que resultó ser más habanera que el Morro y La Rampa, le explicó a una amiga por qué tenía sus hermosos ojos
empapados en lágrimas: ``Es que desde niña me sé todas estas canciones''. Y comprobé que era verdad la letra: El
son es lo más sublime para el alma divertir
.

Hace casi un siglo que Ignacio Piñeiro salió de su casa una noche aventurera, sólo para encontrar la inmortalidad.
El sábado pasado, también yo salí de mi casa una noche aventurera y para suerte mía me tropecé con el Septeto
Nacional Ignacio Piñeiro. • 
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